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César Pelli, arquitectura a ras de cielo

La semana pasada falleció el genial César Pelli. A sus 92 años, la muerte lo sorprendió trabajando. Una despedida que resume su forma de entender la arquitectura: análisis, trabajo, eficiencia y practicidad. En cuanto a la espectacularidad de sus proyectos… Bueno, eso se llama talento.

 

 

Después de haber diseñado decenas de rascacielos, de haber construido algunos de los edificios más altos del mundo, es imprescindible poner los pies en la tierra para comprender el mérito de Pelli y lo grandioso de su carrera profesional. Si tenemos en cuenta que era el hijo de una maestra avanzada a su tiempo, resulta comprensible que llegase a la universidad con solo 16 años, algo que hizo partiendo de una posición social tremendamente humilde. No obstante, supo sacar partido de su precocidad y eligió la arquitectura por el mero hecho de que era uno de los últimos estudios en llegar a la Universidad de Tucumán (Argentina). “Si me equivocaba, no me importaba perder un año”, explicó en una entrevista concedida a La Nación.

 

 

Ahora está claro que no se equivocaba, aunque, para su desgracia, las primeras clases se centraran en el dibujo, sus técnicas y el estudio de la arquitectura clásica. Lo cierto es que Pelli no terminaba de encontrarle el sentido a todo aquello, hasta que dos profesores recién llegados de Buenos Aires le descubrieron a Frank Lloyd Right. Entonces sí nació la pasión. Y, con ella, la vocación.

 

 

De hecho, sin haber terminado los estudios ya tomó partido por un enfoque social de la arquitectura. Por aquel entonces participaba en un proyecto para la creación de viviendas sociales promovido por el gobierno de Perón. Una iniciativa que, por regla general, se trataba de viviendas unifamiliares con jardín, según los cánones estadounidenses de los nuevos barrios residenciales. Como era de esperar, las casas no llegaban a quienes más lo necesitaban, sino que quedaban en manos de conocidos con contactos en la Administración. Para solucionarlo, Pelli extrapoló la arquitectura rural a una producción masiva. El resultado no interesó a las clases medias de la ciudad, lo que puso las viviendas a disposición de sus verdaderos destinatarios.

 

 

Tras algunas obras pequeñas, Pelli obtuvo una beca de 95 dólares para completar su formación en Illinois. Y lo hizo junto a su mujer, la arquitecta y paisajista Diana Balmori. Al poco, con solo 20 años, tuvieron a su primer hijo. Luego vino el segundo. Después, su trabajo por 2,50 dolares la hora en el despacho de Saarinen. Más tarde su colaboración con Victor Gruen, del que fue socio y junto al que materializó proyectos tan representativos como la embajada de EEUU en Tokio. Para entonces ya era una celebridad y todo pareció sucederse en cuestión de meses: el decanato de Arquitectura en Yale y la torre del mítico MoMA de Nueva York. Otro museo, muy distinto del Guggenheim de Frank Lloyd Right, aquel arquitecto que lo convirtió en arquitecto, allá en Tucumán. A miles de kilómetros y a decenas de años de distancia, pero en la misma ciudad que su ídolo. Una obra que cerraba un círculo, pero que también abría otro aún mayor. Uno que abarca hasta la semana pasada y que quedará abierto, porque él nunca llego a cerrarlo. Simplemente, siguió trabajando. Y aún se inaugurarán obras póstumas; y alguien las ampliará, o las completará, o las remodelará con el mismo respeto que él afrontó su intervención en el MoMA (imagen inferior). Un respeto que se ha ganado a pulso.

 

 

A continuación, compartimos con vosotros sus tres rascacielos en España:

 

Torre de Cristal en Madrid

 

El edificio más alto de España desde 2008 y el jardín vertical más alto de Europa no necesitan presentación. Es la torre más estilizada de ese complejo de rascacielos llamado Cuatro Torres Business Área que pronto tendrá cinco torres. Su forma, según Pelli, es la de un cristal tallado. Y de hecho eso es lo que es: un cristal de 249 metros de altura que despunta en la cabecera del Paseo de la Castellana, con un muro verde coloreando su cúspide tras el muro cortina, a más de 200 metros sobre el suelo de Madrid.

 

Torre Iberdrola en Bilbao

 

 

Empezó como la Torre Foral, un proyecto destinado a albergar todas las oficinas de la Diputación Foral de Vizcaya. Sin embargo, el elevado coste de las obras llevó a su cancelación en 2003. Un obstáculo que no significó el fin de la torre de Pelli, ya que en 2007 se retomó el proyecto, en esta ocasión destinado a oficinas privadas y a un hotel en sus 6 primeras plantas. Aunque el hotel no llegó a abrir sus puertas, ya que hoy en día el edificio contiene 10 plantas para la sede de Iberdrola, otras tantas para la caja de ahorros BBK y el resto para oficinas en régimen de alquiler. Otro símbolo más para una ciudad fascinante, capaz de proteger el patrimonio industrial y combinarlo con la arquitectura de vanguardia. Un motivo de tantos para visitar Bilbao.

 

Torre Sevilla

 

 

180 metros que casi le cuestan a Sevilla su condición de Patrimonio de la Humanidad. A pesar de encontrarse a más de un kilómetro de la Giralda, su impacto en el skyline de la ciudad puso en peligro el prestigioso reconocimiento internacional de la UNESCO. Sin embargo, finalmente no se incluyo a Sevilla en los registros de patrimonio mundial en peligro. Más bien al contrario: desde el primer momento, la torre contó con muchos apoyos entre los sevillanos. Una actitud que se ha consolidado hasta hacer de la Torre Sevilla un icono moderno de una ciudad llena de historia.

 

Fotos: Archpaper, Surfacemag, Pinterest, Anna Cavagna, John Prieto, Clarín, Luis García, S. Cirilo, ABC Sevilla

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