Archilovers

Hasta siempre, Richard Rogers

El fallecimiento de Richard Rogers no solo se ha llevado a uno de los nombres más influyentes de la arquitectura contemporánea y a uno de los Pritzker que más ha construido en España; también se ha llevado a un profesional que supo trascender su profesión y su propio mito. Alejado de egos y jerarquías, Rogers partió de la colaboración y el intercambio para crear sus obras más representativas. Hoy lo recordamos.

Casa diseñada por Rogers para sus padres en Wimbledon, en 1968.

En Yale, Rogers se encontró con Foster, que llegó becado a la universidad, tras ser panadero y funcionario. Juntos, conocieron a sus futuras esposas, dos hermanas arquitectas y los cuatro formaron el Team 4, un laboratorio de ideas alejado de convencionalismos y prejuicios formales. Un estudio avanzado hasta tal punto, que, de aquel experimento surgió el denominado estilo hightech, cuyo nombre nunca terminó de convencer a Rogers, ya que subrayaba el medio, pero no el fin. Es decir, su arquitectura era tecnológicamente muy avanzada, efectivamente, pero lo que realmente buscaba era mejorar las ciudades y crear edificios accesibles, tanto física, como visualmente. Algo que consiguió materializar en el centro Pompidou, surgido también de una colaboración, esta vez con Renzo Piano.

Centro Pompidou en París

Si el Guggenheim de Frank Lloyd Right supuso una ruptura con el concepto tradicional de museo, el Centro Pompidou fue aún más lejos. Renzo Piano y Richard Rogers eran dos arquitectos desconocidos cuando su proyecto ganó el concurso convocado por el presidente de Francia, Georges Pompidou. El objetivo era contribuir a revitalizar el barrio de Les Halles a través de un edificio que contuviera un museo de arte contemporáneo, un centro cívico y una biblioteca. El proyecto contó con el entusiasmo de Jean Prouvé, pero las obras se vieron afectadas por la muerte de Pompidou, que retrasó su finalización hasta 1977. Aun así, cuando muchos parisinos se acercaron a verlo, pensaron que todavía estaba a medio construir. El motivo es que esta obra cumbre de la arquitectura hightech había extraído todos los elementos constructivos a la fachada: electricidad, fontanería, escaleras, ventilación, ascensores; todos pintados de colores distintos y organizados para dejar el interior libre, como un contenedor modulable y cambiante. Pese a la controversia y a las críticas iniciales, el tiempo ha dado la razón a Prouvé. La obra de Piano y Rogers recibe alrededor de 7 millones de visitas anuales, más que la torre Eiffel y el Louvre juntos.

Exterior del Centro Pompidou, con sus características instalaciones externas clasificadas por colores.

Solo un año después del Pompidou, Rogers acometió el diseño de otra obra cumbre del hightech, el edificio Lloyd’s, un proyecto cuya ejecución se extendió hasta 1986 y que, hoy en día, es conocida como la Catedral Mecánica. A medio camino entre el art decó más futurista de la película Metrópolis y el brutalismo postapocalíptico de Blade Runner, este edificio supuso un auténtico tsunami estético en el corazón financiero de la City. Tanto que la impresión general fue que aquel era un proyecto demasiado arriesgado para una compañía de seguros. Cosas del humor inglés.

Lloyd’s Building en Londres.

Sin embargo, no fue el estilo rompedor lo que hizo que Rogers ganará el concurso de Lloyd’s, sino el mismo concepto que había puesto en práctica en el Centro Pompidou. Al sacar todas las instalaciones al exterior, la flexibilidad de los espacios interiores era absoluta y su modularidad, infinita. Salvando las distancias de uso, Rogers demostró que su arquitectura hightech era perfectamente válida tanto para un gran centro cultural de disposición horizontal, como para la sede de una multinacional de 88 metros de altura. En cuanto a las consideraciones estéticas acerca de uno u otro, el tiempo los ha consolidado como referentes en sus respectivos contextos urbanos. De hecho, si dejamos a un lado cualquier tipo de subjetividad, su estética es inconfundible y carece de cualquier afectación; al igual que el racionalismo, parte de un profundo estudio arquitectónico y es resultado de anteponer el funcionamiento del edificio a cualquier concesión accesoria. Es arquitectura desnuda y, más aún, es una radiografía arquitectónica a cielo abierto. Podemos entender el edificio antes siquiera de haber entrado y eso no es solo revolucionario desde el punto de vista técnico, también lo es en cuanto a su dimensión artística, porque asistimos a una revelación materializada del proceso creativo. Pura performance, sin pretenderlo.

Parte superior del Edificio Lloyd’s, pionero de los grandes rascacielos que ahora lo circundan en la City.

No obstante, Rogers es mucho más que el Pompidou y el Edificio Lloyd’s. Su trayectoria excede cualquier artículo que podamos escribir, incluso un libro, o una tesis doctoral. Porque existe una evolución, desde el estilo hightech puro, hasta obras que buscan compatibilizar sus preceptos funcionalistas con una estética más depurada. Y dos buenos ejemplos los tenemos en España.

Torre Hesperia en L´Hospitalet de Llobregat.

El primero, La Torre Hesperia, que nos recuerda al Edificio Lloyd’s, es fruto de una colaboración, esta vez con el estudio Alonso y Balaguer. Juntos proyectaron un centro de convenciones y un hotel compuesto por una torre de 105 metros y un cuerpo inferior, cuyo nexo es un impresionante atrio de 6 plantas de altura. La compleja estructura mixta de hormigón y acero cobra protagonismo en el conjunto, especialmente gracias a los enormes pilares inclinados del vestíbulo y al muro cortina del exterior, pintado en un rojo que no pasa inadvertido. Igual que el restaurante de la azotea, una suerte de OVNI que desafía las leyes de la física, apenas apoyado sobre la cubierta del edificio. Otra apuesta arriesgada que ha marcado la identidad de la Hesperia Tower y que la ha convertido en una referencia arquitectónica en el área metropolitana de Barcelona.

Interior del aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid.

El segundo ejemplo es una de sus creaciones más representativas, la T4 del Aeropuerto Adolfo Suarez de Madrid, una maravilla de Rogers y Lamela. Aunque a simple vista nos parezca muy alejada del Centro Pompidou -30 años exactos los separan-, existe un detalle que los une y delata su autoría: la utilización del color como una pieza funcional. Si, en el Pompidou, su variedad cromática servía para identificar el tipo de instalación que contenía cada elemento; en la T4 es una guía para que el viajero pueda orientarse en los más de 1200 metros de longitud de la terminal. Una vez más, la estética queda al servicio de la función, sin que ello reste un ápice de belleza al conjunto: la cubierta ondulada parece flotar sobre los viajeros; los lucernarios circulares llenan de luz el interior; los delgados puntales de acero rojos, amarillos, naranjas, verdes y azules van cambiando de color con una gradación exquisita; las lamas de bambú se curvan en el techo… Todo funciona, es sencillo y grandioso, bello y útil.

Perspectiva de la T4, donde se aprecia la gradación cromática de la estructura que sostiene la cubierta.

Y tenemos más: Las Arenas de Barcelona; el Centro de Negocios de Viladecans, o las Bodegas de Protos en Peñafiel. Os prometemos que los iremos viendo en detalle. Pero, hasta entonces, nos quedamos con unas palabras del arquitecto Pedro Morales Falmouth en El País: “La idea de edificio democrático impregnaba sus proyectos, entendidos como lugares para todos. Esa idea también se extendía a su visión de las ciudades, donde Richard concebía el espacio público como algo esencial para mejorar la vida de las personas. Siempre me sentí cómodo dentro de esa perspectiva integradora con la que él miraba a las ciudades, buscando siempre una solución compacta y respetuosa con el medio ambiente, adelantándose a los tiempos”.

Bodegas protos en Peñafiel.

Desde Kronos Homes, hacemos nuestra esa filosofía y trabajamos cada día para hacerla realidad. Hasta siempre, Richard Rogers.

Texto: Nacho Carratalá.

Fotos: Alamy e iStock.