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Diseñando a 007

El pasado 31 de octubre falleció Sean Connery y, con él, uno de los personajes más míticos del cine y la literatura de espías. La asociación es tan irremediable, que no hace ninguna falta decir que hablamos de Bond, James Bond. Ya sabemos que ha habido más, y que habrá más, pero siempre serán “los otros”. Hoy, a modo de homenaje, hacemos un repaso al lado más arquitectónico de las primeras películas de 007.

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A pesar de que Ian Fleming publicó su primera novela de James Bond en 1953, no fue hasta 1962 cuando Sean Connery interpretó a su protagonista, aunque en otra historia distinta. Si el primer libro fue Casino Royale, la primera película fue Dr. No y ya, desde el principio, la espectacularidad de los escenarios exigió un tratamiento prioritario. No valía un simple set de rodaje; las exigencias del guion precisaban de arquitectura con mayúsculas, un despliegue de medios para crear unos espacios a la altura de lo que sugerían las novelas.

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Además, estos primeros títulos se desarrollan en la era dorada del diseño midcentury, con la space age en pleno apogeo y una voluntad de modernidad que se entremezcla sin problemas con lo mejor del mobiliario nórdico. No obstante, aunque las dimensiones de la producción y el auge del buen diseño ayudasen lo suyo, nada habría sido posible sin Sir Ken Adam, director de arte de la saga hasta 1979 y ganador de dos Oscar y dos Baftas, entre otras muchas distinciones. ¿Habías oido hablar de él? Vamos a conocerlo un poco mejor.

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¿Quién fue Sir Ken Adam?

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Pues, en realidad, fue Klaus Hugo Adam, tal cual nació en Berlín en 1921, y Kenneth trece años después en su Inglaterra de acogida, adonde llegó huyendo de la barbarie nazi. Eso sí, algo del expresionismo alemán, típico de los estudios UFA, quedó latente en su inconsciente, esperando a ser desvelado tiempo después, tras estudiar en el University College de Londres y la Bartlett School of Architecture.

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Sin embargo, no llegó a terminar sus estudios de arquitectura. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Adam se alistó en el ejército británico, al que llegó para diseñar refugios antibombas y del que se retiró habiendo sido uno de los tres únicos pilotos alemanes de la RAF.

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Poco después, comenzó a trabajar como delineante en diseño de producción y, ya en los 60, le llegó su gran oportunidad con Dr No y, sobre todo, con la mítica Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb de Stanley Kubrick.

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Pero volviendo a las películas de Bond, a Ken Adam le debemos gran parte de la estética de la saga. Y, para qué lo descubras de primera mano, hemos seleccionado algunas anécdotas de sus mejores escenarios:

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Dr. No

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En la primera película hay varias joyas. La primera, la habitación de la gran claraboya que, según se cuenta, inspiró a Norman Foster para diseñar la estación de metro de Canary Wharf; y, la segunda, el apartamento del Dr No. Para él, tal y como contó Adam a The Guardian, habían decidido mezclar antigüedades y obras de arte, entre ellas un retrato de Goya: “Pensamos que sería divertido que hubiese robado algunas obras de arte, así que elegimos un retrato de Goya del duque de Wellington que se encontraba desaparecido en aquel momento. Conseguí una diapositiva de la National Gallery (esto fue el viernes, el rodaje comenzó el lunes) y pinté el cuadro durante el fin de semana. Era bastante bueno, así que lo usaron con fines publicitarios, pero, al igual que el real, lo robaron mientras estaba expuesto”.

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Goldfinger

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En Goldfinger también es difícil elegir un solo escenario. Es verdad que el salón de rancho de Auric Goldfinger, con su gran chimenea y su suelo deslizante es sencillamente espectacular, pero, sin duda, fue la versión que Ken Adam hizo de Fort Knox la que ha quedado para la historia del cine: “Me dio la oportunidad de diseñar el depósito de oro más grande del mundo como yo lo imaginaba, con el oro llegando hasta el cielo. Entonces se me ocurrió este diseño como de catedral. Y, al principio, me costó mucho trabajo persuadir a Cubby (Albert R. Broccoli) y al director Guy Hamilton. Me dijeron que parecía una puta prisión, pero esa era la idea. Luego, cuando Goldfinger se estrenó, la gente preguntaba por qué se había permitido que un equipo británico rodara dentro de Fort Knox, cuando ni siquiera el presidente de los Estados Unidos tenía permitido entrar”.

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Solo se vive dos veces

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En esta ocasión, tampoco resulta fácil decidirse, porque la decoración de las oficinas del servicio secreto japonés es fantástica, pero, por su espectacularidad, nos quedamos con la base secreta del villano, escondida en la caldera de un volcán.

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De acuerdo, dicho así suena completamente absurdo, pero eso solo hace que aumentar el mérito de Adam: “Tuvimos la idea mientras buscábamos localizaciones en Japón. Le mostré algunos bocetos a Cubby Broccoli y él dijo: ‘Es una buena idea, ¿cuánto va a costar?’ Le respondí: ‘No tengo ni idea’. Él siguió: ‘Si te doy un millón de dólares, ¿lo harás?’ Y contesté: ‘Lo haré’. Aunque no tenía idea de si era posible. La altura desde el cráter del volcán hasta el suelo del set era de treinta y seis metros y medio, el diámetro del lago del cráter era de entre 18 y 21 metros y lo construí en una pendiente para que se viera toda la circunferencia. El diámetro del interior era de unos 120 metros, por lo que era una estructura enorme. Había muchos problemas: la presión de que la película se estrenara en cinco meses y las quejas de la gente que vivía cerca de los estudios que nunca pensaron en tener un volcán en su puerta. Además, los yeseros y aparejadores exigieron un plus por peligrosidad, porque estaban trabajando muy alto. Pero, como solía suceder en las películas de Bond, el equipo se emocionó tanto por hacer algo que nunca antes se había hecho, que terminaron trabajando día y noche, y el fin de semana traían a sus familias para verlo. Supongo que ahora se usarían efectos digitales, pero siempre intentamos no engañar a la audiencia. Cuando mostrábamos a 500 especialistas deslizándose por cuerdas desde el techo, realmente había 500 hombres “.

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Y mucho más

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Porque Ken Adam no solo se ocupó de la “arquitectura” de los escenarios de Bond. De hecho, a él le debemos el mítico Aston Martin DB5, o el yate Disco Volante de Thunderball: “el Disco Volante era real. Tenías lanchas motoras ese momento, pero no había yates de buen tamaño que pudieran viajar a 40 o 50 nudos, por lo que teníamos un gran problema. Así que decidimos combinar un catamarán con una hidroala que compramos en Puerto Rico por 10.000 dólares. A baja velocidad, parecía un gran yate, pero unimos los dos cascos con un perno deslizante y, al separarse en marcha, funcionó como un sueño”.

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Ahora te dejamos que te sirvas un Martini bien frio, mezclado, no agitado, y que te sientes a disfrutar de uno de los clásicos que Connery nos regaló como James Bond. Dadas las circunstancias, el más apropiado es You only live twice.

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Fotos: Reddit, Pinterest y Flickr.

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