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Reinventar la arquitectura

Hace unos meses, Rafael de la Hoz, arquitecto de The Edge, nos explicaba que la buena arquitectura es aquella capaz de adaptarse y evolucionar a lo largo del tiempo. Hoy os traemos algunos ejemplos de construcciones que se han reinventado, no solo para amoldarse a las necesidades de sus propietarios, sino también para cambiar radicalmente la función para la que fueron construidas.

El estilo industrial es un capítulo aparte en cualquier revista de decoración, una tendencia que nace en los lofts neoyorquinos y que tiene su origen en adaptar una construcción fabril a un uso residencial. Su apariencia tosca y sus materiales en bruto han pasado por tres etapas, la actividad profesional que determinó su apariencia y su disposición; su transformación en talleres y estudios de artistas; y, finalmente, su conversión en exclusivas viviendas de lujo.

Pero, si hablamos de la arquitectura industrial reconvertida, seguro que recordáis La Fábrica, estudio y residencia personal de Ricardo Bofill; sin lugar a dudas el ejemplo más impresionante de cómo una construcción puede adaptarse con éxito si existe un buen proyecto que lo fundamente. De hecho, hay muchísimas intervenciones interesantísimas en edificios históricos, búnkeres, obras de ingeniería hidráulica, puentes… Tantas, que nos ha costado elegir las que estás a punto de ver.

 

La casa aljibe

 

 

A Alejandro Valdivieso le encargaron reconvertir un antiguo aljibe en una vivienda amplia y luminosa. Lo que un día fue el depósito de agua de una finca de veraneo en la Sierra de Madrid dejó de utilizarse y terminó siendo un almacén. Su ubicación en un terreno en pendiente, dejaba al descubierto uno de los muros de contención, mientras que, en la parte superior, se encontraba el brocal del pozo y una superficie pavimentada. El reto consistió en aprovechar la estructura preexistente y respetar la topografía y la configuración del espacio circular que rodea el pozo. Con estas premisas, el arquitecto dispuso las estancias más privadas en el nivel inferior, con salida a un patio inglés, y creó un nuevo espacio en la parte superior, un volumen acristalado semicircular que se adapta al pozo y que contiene la sala de estar-comedor-cocina. Un prodigio de belleza capaz de poner en valor el entorno y el origen de la construcción.

 

La casa dentro de la Iglesia

 

 

En Rotterdam, Ruud Visser Architects proyectó una casa en una iglesia de madera de 1930. Sin embargo, en lugar de limitarse a ocupar el espacio original y fragmentarlo según los usos de cada espacio, decidieron aprovechar las dimensiones de la estructura original para construir una vivienda en su interior. De este modo, sin alterar la personalidad del edificio, se ha conseguido integrar una casa independiente que funciona en combinación con la iglesia. Por otro lado, el transepto se ha dejado vacío y funciona como un espacio de transición entre el exterior, la iglesia y la vivienda que contiene. Todo un viaje iniciático que termina en las aguas del rio al que se abre la fachada principal.

 

El búnker del arte

 

 

En 2003 Christian Boros compró una mole de hormigón edificada en 1942 por el gobierno del III Reich. Este gigantesco edificio de ventanas diminutas formaba parte de una serie de fortificaciones que el Ministerio de Guerra nazi proyectó para defender Berlín de la invasión de las fuerzas aliadas. Al contrario que las otras construcciones, este búnker sobrevivió y se mantuvo en pie hasta que en el millonario alemán lo adquirió para fijar su residencia y crear un museo en el que exponer su gran colección de arte. Tras cinco años de obras y una cantidad ingente de dinero, los Boros pudieron mudarse a su actual hogar en 2008. Y, nada más llegar, inauguraron una muestra de sus obras de arte que puede visitarse los fines de semana, previa reserva y en grupos de 12. Una verdadera oportunidad para disfrutar de una de las colecciones privadas de arte contemporáneo más extensas y vanguardistas del mundo, todo ello en un entorno difícil de definir.

 

Debajo del puente

 

 

Cuando el diseñador Fernando Abellanas se vio sobrepasado por la vorágine urbana, decidió escapar y esconderse… debajo de un puente. En una ubicación secreta en algún lugar de Valencia, el creador de Lebrel diseñó un sistema autoportante para acceder al punto más alto utilizando las vigas de la estructura como raíles. Una vez arriba, fijado al hormigón, solo lo necesario para trabajar: una silla, una mesa, unas estanterías y los útiles imprescindibles. Una intervención nacida para ser efímera que retoma la idea de refugio infantil.

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